-Una especie de prólogo: JUAN LUIS GUERRA/ EL NIAGARA EN BICICLETA
Hace rato no venía por acá, casi olvidé que este es talvez el único lugar donde puedo despacharme, sin importar ortografía, semántica, estructura y sobretodo sin importarme si lo que digo les gusta o no... siempre conservé y seguiré conservando la "buena" ortografía, porque en medio de todo siempre debe quedar un estrecho márgen para la simulación: escribo bien, simulo ser inteligente; me visto mal, escapo de la simulación y asi la vuelta retorna al grado cero, para volver a completar el ciclo; quizá esté disvariando pero para mi es mas que claro.
Alejado de los recuerdos históricos y personales, alejado de esos complejos análisis de cosas que escapan y escaparán siempre a mí, hoy vuelvo a este sitio a simplemente contar lo que vi hoy, en un lugar que para mí contiene la paradoja mas grande del universo, mas grande que el estadio azteca: un hospital.
Es paradógico porque los hospitales tienen usos totalmente extremos: la gente acude a un hospital a pasar bajo el bisturí con el fin de encajar en lo que la sociedad de salames unidos llama belleza, o sea para negar la muerte; la gente acude a un hospital para ver nacer a sus hijos, por unidad o por montones, una negación mas de la muerte, pero tambien va a este lugar a morir, ya por causa natural, ya por negligencia, ya por voluntad propia, por eso nunca me gustaron los hospitales, porque visitar uno es como estar en un aeropuerto donde los dos vuelos posibles de la existencia, el de la vida y la muerte estan en constante arribo y deportación; y hay ciertos espectáculos de los que no es tan bueno ser espectador.
Hoy me levanté y pensé en mi pelicula del dia, y tuve demasiados finales alternativos, la mayoría apuntando hacia actividades poco productivas pero ninguno coincidía con el que al final se dió: exactamente terminé en ese lugar donde artesanos de las visceras vestidos con paños esterilizados de un verde bastante pálido, reciben y despachan pasajeros del aeropuerto del que hablabamos, esa sala de urgencias que permanece inmodificable desde aquellos días en que varias enfermeras repetían el mismo ritual en mi cada mas o menos quince días: la lucha contra mi temperatura colérica que hacía inflamar mis amigdalas al punto del desborde absoluto, diesciseis manos se apostaban sobre mi tratando de controlar el terror que producía aquel misil hipodérmico que enfilaría una dosis de benzetazil de un millón de unidades al saturado torrente sanguíneo que se me ha dado por motor.
Pero en esta noche de sábado que acaba de pasar, el valiente que se enfrentaría a ese cuarto de escasos catorce metros cuadrados no sería yo, lo que me permitió estar en la siempre cómoda posición de acompañante, a punto de ingerir algo menos de un litro de oro negro colombiano.
Los primeros minutos fueron tranquilos, junto a mí, en la sala de espera, dos señoras entradas en años, un pendejo de mi edad y una muchachita ciertamente insoportable... la ciudad es buena en las primeras horas del día, casi nunca cobra víctimas, se va tornando pesada a medida que el sol recorre su pista este-oeste y finaliza voraz, enojada, intratable, es entonces cuando alcohol y oscuridad empiezan a mandar desafortunados al aeropuerto: el primero de ellos, un muchacho de unos treinta años -nunca fuí bueno para calcular edades pero su cara de recien casado lo revelaba-, su piel tenía tres descosidos y por cada uno de ellos manaba ese líquido rojo que es fuente de la vida pero que tanto terror causa cuando sale a chorros de su dueño... la impresión fue generalizada, las dos señoras cesaron su conversación, el pendejo cerró la tapa de su celular, yo me eché un poco para atrás apretando el vasito deshechable del tinto ya vacío y la muchachita ciertamente insoportable? la muchachita ciertamente insoportable dejó de joder.
A continuación el turno fue para una mujer cuya última certeza en ese momento era la de estar sobre suelo firme, tambaleaba, se incorporaba de nuevo y una vez mas caía de bruces frente a la multitud, a su auxilio dos internos y una vieja camilla de ruedas rechinantes que a su paso extendió las manchas de sangre del primer desafortunado que nadie se había dado a limpiar... cuando la marea bajaba por momentos, gritos infantiles salían detrás de la puerta que comunicaba con el consultorio de urgencias, entonces los dormidos despertaban, los que esperaban su turno incrementaban su temor y los que no teníamos nada que ver de a poco nos impulsabamos a la salida, como queriendo que el momento terminara de una vez, el único que permanecía fijo y al parecer sin miedo, era el Jesucristo preso en un óleo lleno de polvo que estaba colgado justo detrás de la enfermera recepcionista; mi abuela tenía exactamente el mismo cuadro, pero en su versión kitch: con una lucecitas que le hacían alumbrar la corona de espinas.
No había pensado en una frase final ni en nada para esta pésima crónica, pero voy a cerrar con algo bien light, porque estamos en la era de lo light, pues bien, a tanta muerte y amago de muerte le llega su contra: una rubia de ventitantos años con su barriga inflada y un desesperado detrás, provisto de una pañalera tan grande como si se tratara de provisiones para un viaje a la luna, quien estaría a punto de arribar y compartir el mismo aire con nosotros? un delincuente, un presidente, una modelo, mi futura jefa cuando yo tenga mas de cuarenta y tenga el lomo reventado de obreriar? como saberlo ... si hubo muertos esta noche en aquel lugar no podría afirmarlo, pero al menos hubo una vida mas, no me gustaron nunca los finales felices, pero que carajo, este parece haber sido uno.
Talvés en algunos años algun desocupado de la noche esté escribiendo en un blog una vivencia como esta, y describa alli a "un desesperado detrás, provisto de una pañalera tan grande como si se tratara de un viaje a la luna" y ese desesperado sea nada mas y nada menos que yo.
Chupando Juventud
Hace 1 hora.























